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La Alberca, un pueblo salmantino suspendido en el tiempo

  • La Alberca, un pueblo salmantino suspendido en el tiempo

El núcleo es la base ideal para la exploración del valle de las Batuecas y la ascensión a la Peña de Francia.Fue el primer pueblo español declarado Conjunto Histórico Artístico, en 1940. El hecho despierta mi curiosidad. También por qué sedujo a un pintor tan mediterráneo como Joaquín Sorolla, quien inspiró parcialmente aquí su enorme lienzo Castilla, la fiesta del pan, hoy expuesto en la Hispanic Society de Nueva York. La Alberca fascinó, además, a fotógrafos como José Ortiz Echagüe, y a intelectuales como Miguel de Unamuno.

La fisonomía del pueblo sorprende: de puertas afuera ha cambiado poco en los últimos siglos. Las calles son estrechas, sinuosas y empedradas, y las viviendas tienen muros de piedra o adobe con traviesas de madera que trazan dibujos geométricos. Muchas casas aún exponen la fecha de su construcción en el dintel, junto a inscripciones y símbolos que hacen hincapié en el cristianismo de los primeros propietarios. Remiten a épocas en que las desviaciones religiosas acarreaban complicaciones.

La mayoría de los edificios de La Alberca son de tres plantas, cada una de las cuales sobresale un poco de la inferior. Como consecuencia, las partes más altas se acercan hasta casi tocarse en algunos callejones angostos. Antiguamente, la planta baja servía de cuadra para guardar los animales, usándose a la vez como letrina. La primera planta reunía la cocina-comedor y la despensa, y la planta superior agrupaba los dormitorios familiares. Hoy, claro, es distinto, los animales ya no viven en la casa, y el espacio se aprovecha para otras necesidades. En cambio permanecen los balcones de forja que, en cuanto el frío lo tolera, se colorean con flores, sobre todo geranios, que transforman el pueblo en una vistosa algarabía cromática.

La Alberca no tiene grandes monumentos ni opulentos palacios. Su encanto procede de la arquitectura serrana tradicional, de las viviendas de agricultores, ganaderos o artesanos. Se nota en la plaza Mayor, el centro neurálgico, cuyas casas porticadas se sustentan sobre columnas de granito. Es un escenario popular, entre cervantino y goyesco. La abundancia de soportales señala su uso antiguo como escenario de mercado. Algunos de los bajos se han reconvertido hoy en restaurantes. En el centro de la plaza se alza un crucero del siglo XVIII con los símbolos de la Pasión de Cristo grabados.

La cercana iglesia parroquial está consagrada a Nuestra Señora de la Asunción y también es del siglo XVIII, neoclásica con algún detalle barroco. Se construyó sobre los restos de un templo anterior, del que solo permanece la torre con el escudo de armas del Ducado de Alba. La iglesia tiene un interesante púlpito en granito policromado del siglo XVI, y una imagen del Santísimo Cristo del Sudor.

Paseo por La Alberca sin un plan preestablecido, me dejo llevar por la luz y por el estado de ánimo. Es un núcleo pequeño, apenas tiene 1.100 habitantes, no hace falta un plano para su exploración. Camino al buen tuntún y así descubro la antigua cárcel, reconvertida en oficina de información turística. También veo los escudos de la Inquisición y de la Orden de Santiago, que señalan la pasada presencia de esas instituciones.

Unas señoras mayores me dan un susto morrocotudo al doblar una esquina. Tañen una campana a la vez que salmodian el rosario y rezan: ‘Fieles cristianos, acordémonos de las benditas almas del purgatorio con un padrenuestro y un avemaría, por el amor de Dios’. Lo hacen todos los días, a lo largo y ancho del pueblo, insensibles a la meteorología y al desaliento. Perpetúan así una tradición local muy antigua: ‘La moza de ánimas’. Por cierto que el tema de la campanita ambulante tiene aceptación en La Alberca: también la suena un marrano que vaga libremente por el núcleo entre el 13 de junio (san Antonio de Padua) y el 17 de enero (san Antón), mantenido por los vecinos. Cuando llega la segunda fecha, el animal se sortea entre los mismos lugareños que lo cebaron durante esos meses de vida bohemia.

Fuente: La Vanguardia

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