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Una escapada a La Alberca

Una escapada a La Alberca

Porque esta localidad salmantina se ha convertido en las últimas décadas en una de las puertas de entrada más recurrentes de quienes visitan la Sierra de Francia. Y ahí supo encontrar otra de sus riquezas: mientras en otros lugares la modernidad alentaba el derribo, ladrillo y hormigón, La Alberca enseguida fue consciente de que su cara de siempre, la que durante siglos había configurado una forma de construir propia, anclada en la tradición, un aislamiento secular y en los imperativos del área serrana en que se halla, era, también, su mejor carta de presentación.

No hacía falta ser muy espabilado para poner a La Alberca el nombre que los árabes le dieron: Al-Bereka, que significa “depósito de agua”, “estanque”. Porque agua a raudales es lo que baja por las calles de La Alberca cuando llueve. Cuando no, y si el cambio climático no viene a enmendar la plana, el agua le brota a La Alberca por una red de fuentes de las de caño gordo y caudal fresco. Es, desde luego, una de sus mayores riquezas. Pero no la única. Ni mucho menos.

Porque esta localidad salmantina se ha convertido en las últimas décadas en una de las puertas de entrada más recurrentes de quienes visitan la Sierra de Francia. Y ahí supo encontrar otra de sus riquezas: mientras en otros lugares la modernidad alentaba el derribo, ladrillo y hormigón, La Alberca enseguida fue consciente de que su cara de siempre, la que durante siglos había configurado una forma de construir propia, anclada en la tradición, un aislamiento secular y en los imperativos del área serrana en que se halla, era, también, su mejor carta de presentación.

Por eso, recorrer hoy La Alberca es una delicia que muchos no quieren perderse. El entramado de sus calles no ha perdido un ápice de su atractivo, a pesar del gentío que soportan en determinados días festivos. El laberinto de callejones, algunos tan estrechos que nunca han permitido el paso del sol, sigue revelando la forma inteligente que los pueblos serranos tienen de protegerse de los rigores del frío y del calor: callejas frescas, siempre a la sombra cuando los calores del verano caen a plomo en la solana; pero también a salvo de las corrientes de aire helado o de las nieves que chocan contra los tejados voladizos sin poder tocar el suelo. Callejas estrechas, apiñadas y pendientes, dispuestas así para aprovechar mejor el poco espacio que la montaña permite. Hay quien dice también que para recordar una forma constructiva que guarda mucha relación con el origen de las comunidades judías que repoblaron éste y varios otros pueblos de la sierra, allá por el siglo XV, cuando encontraron en ella el rincón apartado del mapa en el que vivir y prosperar. O de las aljamas árabes. Precisamente a esta circunstancia achacan también la profusión de inscripciones religiosas que abundan en los dinteles de muchas de sus puertas: cruces, siglas, invocaciones y fechas que vienen a exhibir en público la condición cristiana de sus moradores, alejando así por adelantado la sospecha de herejía o judaísmo que, en siglos pasados, era vigilada con lupa por los tribunales de la Inquisición. El verdadero encanto de La Alberca radica en que ha sabido huir de los asfaltos para conservar sus suelos de canto rodado, sus fachadas de entramado y solanas, y un olor a chacinería de altura que se pega tanto al paladar que hace imposible regresar a casa sin probar el embutido. Tampoco habría que hacerlo sin visitar su iglesia de la Asunción, levantada por Manuel de Churriguera en 1730, cuyo recorrido interior depara sorpresas tan gratas como la contemplación del púlpito, joya de granito policromado realizada en el siglo XVI

Por eso, recorrer hoy La Alberca es una delicia que muchos no quieren perderse. El entramado de sus calles no ha perdido un ápice de su atractivo, a pesar del gentío que soportan en determinados días festivos. El laberinto de callejones, algunos tan estrechos que nunca han permitido el paso del sol, sigue revelando la forma inteligente que los pueblos serranos tienen de protegerse de los rigores del frío y del calor: callejas frescas, siempre a la sombra cuando los calores del verano caen a plomo en la solana; pero también a salvo de las corrientes de aire helado o de las nieves que chocan contra los tejados voladizos sin poder tocar el suelo. Callejas estrechas, apiñadas y pendientes, dispuestas así para aprovechar mejor el poco espacio que la montaña permite. Hay quien dice también que para recordar una forma constructiva que guarda mucha relación con el origen de las comunidades judías que repoblaron éste y varios otros pueblos de la sierra, allá por el siglo XV, cuando encontraron en ella el rincón apartado del mapa en el que vivir y prosperar. O de las aljamas árabes. Precisamente a esta circunstancia achacan también la profusión de inscripciones religiosas que abundan en los dinteles de muchas de sus puertas: cruces, siglas, invocaciones y fechas que vienen a exhibir en público la condición cristiana de sus moradores, alejando así por adelantado la sospecha de herejía o judaísmo que, en siglos pasados, era vigilada con lupa por los tribunales de la Inquisición. El verdadero encanto de La Alberca radica en que ha sabido huir de los asfaltos para conservar sus suelos de canto rodado, sus fachadas de entramado y solanas, y un olor a chacinería de altura que se pega tanto al paladar que hace imposible regresar a casa sin probar el embutido. Tampoco habría que hacerlo sin visitar su iglesia de la Asunción, levantada por Manuel de Churriguera en 1730, cuyo recorrido interior depara sorpresas tan gratas como la contemplación del púlpito, joya de granito policromado realizada en el siglo XVI

Fuente: siempredepaso.es. Javier Prierto

 

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